26 abril 2008 | By: Denebola

Pequeños momentos casi perfectos

Hoy me ha llamado El Romano. Cosa rara. Me ha extrañado, no suele recurrir a mí fuera del horario de trabajo. Debe ser que ve reflejado en mí algún tipo de continuación de lo que él fue antes de darse a la vida de casado...
Hacía un día de ésos de casi verano, y no quería quedarme en casa. A pesar de la oferta de mi angelito de repetir la escapada de anoche, no me apetecía salir hoy; sé que la noche se nos complica así de repente, y amanezco a las tantas de la mañana, desayunada, y no me apetece, hoy no tengo el día Flex. Sin embargo, el ir a tomar unas cervezas, tranquilamente, a alguna terraza, me ha hecho ponerme las bailarinas de Dublin y salir por la puerta.
La Gran Vía estaba a reventar. Sin embargo, no era agobiante. Cosa rara, suelo aguantar bien poco entre las masas, debe ser mi estado de pasotismo de hoy, de ésos en los que todo lo que te rodea te da lo mismo y estás en una pequeña burbuja con una extraña paz interior.
Me he acordado de ése sitio, y he sentido una necesidad increíblemente fuerte de ir allí. Hubiera preferido ir sola, o quizás con otra persona, concretamente, pero me he llevado al Romano.
En lo más profundo del Parque Grande, en lo alto de una de las lomas, ese resquicio de paz dentro de la civilización. Me encanta ese sitio. No es que sea impresionante, de hecho, más simple, imposible, pero me gusta.
Y allí estábamos los 2, en las sillas en las cuales, cuando te sientas, te hundes y sólo te queda respirar profundamente, semitumbado, y echar la cabeza atrás para ver las escasas nubes de un cielo azul celeste como hacía mucho no lo veía, rodeados de verde y sin alergia, con un par de jarras de cerveza, la mía con granizado de limón. "Eso son mariconadas", me ha dicho él. Ya lo sé, pero me gusta, y es el único sitio donde puedo pedirlo.
Para mi sorpresa, el Romano se ha sacado de la manga algo que... Perfecto. En ese momento, perfecto. O casi...
Con esa cara de loco y esa sonrisa que te hace pensar que no puede estar pasándosele nada bueno por la mente, ¿qué iba a esperarme de él? Y como allí no íbamos a ser ni los primeros, ni los últimos, pues se ha encendido el petardo de maría, como lo llama él. Me encanta ese olor.
En esos momentos de paz, tranquilidad, sin más ruido que el de los de las mesas de al lado, que tampoco es que fueran apabullantes, cerveza fría con granizado, me ha venido a la mente la guitarra de Children of Bodom tocando las 4 estaciones de Vivaldi, que no sé por qué, no puedo dejar de escuchar en cuanto suena. Hubiera sido ya brutal.






Hay pequeños momentos que, sin ser nada del otro mundo, lo son todo. Te llenan de felicidad y te hacen sentir... Bien, pero bien, de dibujarte una sonrisa en la boca.
Me encantan esos pequeños momentos.
Y eso que habría cambiado al Romano por otra persona... Entonces habría sido un pequeño momento perfecto.

La Ñeka se va a cenar sushi.

1 comentarios:

Peledhir dijo...

De siempre lo mejor es el pequeño detalle, pequeño momento, pequeña cosita y eso... XDDD


yo tengo ganas de subir a cierto sitio... pero tengo que esperarme a que sea un dia de verano para verlo como perfecto :(