26 diciembre 2007 | By: Denebola

Espejismos

Estaba en el café donde habían quedado. Había llegado 10 minutos pronto, como de costumbre, y había podido elegir una de las mesas que dan a la calle, a la gran cristalera que le dejaba ver todo el río de gente que pasaba por la calle, a escasos centímetros de ella, aunque los suficientes para marcar una importante diferencia de temperatura.
Había dejado la bufanda y su gorro de punto sobre la silla que había a su izquierda, junto con el bolso. Tenía entre las manos ya una taza con chocolate caliente, quizás demasiado caliente.
Miraba por su lado derecho la gente pasar, abrigada, tratando de evadir el frío de las fechas, en un paisaje blanco helador que poco dejaba a la evasión.
Empezó a dar pequeños golpecitos con las uñas en la mesa, inconscientemente, de impaciencia. Llegaba tarde. Odiaba que la gente llegara tarde, era algo que no le gustaba.
Apoyó su cara sobre su mano, mirado hacia la ventana. Empezaba a estar de mal humor.
Y entonces, le pareció verlo, entre la gente, con aire despreocupado, con esa mirada ausente del resto de la humanidad, sumido en su mundo, encogido de hombros, con su chaqueta, pasando frío...
Ni se lo pensó: dejó unos euros por el chocolate que ni siquiera había probado, cogió su gorro, su bufanda, su bolso, y salió por la puerta, detrás de aquel espejismo, con el corazón latiendo a una velocidad vertiginosa, ilusionada, con la esperanza de que fuera él.
Apartaba a la gente casi bruscamente, le costaba avanzar posiciones hacia esa figura que se le esfumaba entre el gentío, le llamaba por su nombre, pero aquella persona parecía no enterarse, porque no se giraba a mirar de dónde le llamaban... Quizás iba demasiado ensimismado.
Cuando por fin pudo llegar a rozarlo, le dió un par de toques en el hombro y... No era él.
Se le cayó el mundo a los pies y se le hizo añicos. Y lo que era peor, tenía la sensación de que había abierto la caja de Pandora, por donde se escapaban mil y unos recuerdos, y con ellos, mil y una sensaciones y sentimientos que creía adormecidos, mil y un momentos a solas, sin nadie más que pudiera romper la magia que sólo ellos podían crear...

Cuando llegó a la cafetería, su amiga ya estaba allí. Sentada, en una de las mesas desde las que se puede ver a través de la ventana.

"Vaya, hoy llegas tarde, ¿eh?"

Ni siquiera contestó. Se quedó ensimismada, allí, sentada, mirando a través del cristal, como si esperase ver algo.

4 comentarios:

Peledhir dijo...

Como siempre genial...

Da envidia su forma de escribir.

UnoCualquiera dijo...

La verdad es que sí...

Denebola dijo...

Me va a sacar los colores, playmobil...
Por cierto, UnoCualquiera, me pasé por su blog :$

UnoCualquiera dijo...

Ya ví el comment, gracias :)