12 marzo 2008 | By: Denebola

Esa clase de cosas...

Estaba en la cama y no podía coger el sueño. Las lágrimas rodaban en silencio por su cara hasta las sábanas en silencio y parecían no tener fin.
Se levantó a oscuras y se encendió un cigarro; necesitaba serenarse, un respiro, no podía seguir toda la noche así.
Al otro lado de las sábanas hacía frío, y cogió algo, no sabía muy bien qué era, para cubrirse. Se quedó con la mirada perdida a través de la oscuridad, recordando cómo esa misma mañana había tenido la misma sensación que hacía muchísmo tiempo en una cafetería. ¿O no era tanto?
Esa misma mañana, sin motivo aparente, había sentido otra vez esa tristeza que le provocaba unas ganas de llorar horribles; de hecho, a punto estuvo. Y sabía muy bien por qué. Pero esta vez, se le aceleró el corazón, exactamante igual que cuando sabes que vas a hacer algo que estás deseando, pero que ni tú mismo crees que vayas a hacer, y te sorprendes de ti mismo al encontrarte dando los pasos hacia una locura... Y se sintió increíblemente feliz. Sin motivo aparente, pero ella sabía muy bien por qué.
Qué ironía, y ahora no podía frenar unas lágrimas, unas simples lágrimas.
Pero esque hay cosas que, por más que te empeñes, no mueren, están siempre ahí. Son esa clase de cosas que te hacen ser tan feliz como la felicidad de un niño, sincera, inmensa, pero también te hacen caer en la más grande de las tristezas, esas que te hacen llorar lágrimas que parecen no tener fin.
Sí, había llegado a pensar que quizás debería desaparecer para ciertas personas, pero eso no borraría nada, seguiría ahí, a su lado, acompañándole siempre. Y eso no era la solución. Algo que sólo te trae malos tragos y no arregla nada, no es una solución, aunque a simple vista parezca el camino más fácil. Porque en realidad no lo es.
En realidad, no hay solución.
Hay cosas que uno no puede forzar, que no puede encaminar, sólo puede dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir, sólo puede mirar en su interior y aceptar lo que siente, no negarse lo que ve, porque en realidad eso es contraproducente, nos conduce al mismo sitio, pero por un camino más doloroso, más difícil.
Así que, en realidad, no podía hacer nada, sólo esperar a que ocurriese lo que tuviera que ocurrir.
Sin embargo, la incertidumbre la entristecía, le dejaba una desazón que no era capaz de ignorar, ni de hacer desaparecer.
En esos precisos momentos, habría matado por una cosa. Pero era algo que no podía tener. Tenía los suficientes dedos de frente como para saberlo y admitírselo: no podía. No.
Sin embargo, la intuición le decía que ahora no, pero no siempre sería así.
No era esperanza, era algo que sabía con certeza, y no tenía razones lógicas para explicarlo. Quizás la experiencia le decía que sería así, pero tampoco era eso...
Simplemente lo sabía. No lo esperaba, pero lo sabía, porque la incertidumbre le susurraba al oído que no debía esperar nada. Porque sólo cuando ya no esperase nada, podría tenerlo.


Dedicado al Playmobil.
Un pequeño regalo de cumpleaños.

2 comentarios:

Peledhir dijo...

Gracias, ya sabe que su forma de escribir es envidiable

Denebola dijo...

¡Ah!No, si yo lo decía por la foto.